Retratar a alguien es, para mi, un acto de presencia.
Un encuentro silencioso donde dos miradas se detienen en un mismo instante y permiten que algo verdadero aparezca.
No busco poses ni artificios: busco esa mínima vibración, ese gesto que revela lo que las palabras no alcanzan a decir.
Me acerco a cada persona con respeto y con la humildad de quien sabe que está entrando en un territorio íntimo. La luz, la respiración, la distancia, todo importa. Cada retrato es una conversación sin ruido, un espacio donde la vulnerabilidad se convierte en fuerza y donde la dignidad se muestra sin necesidad de explicarse.
Creo profundamente en la belleza de lo sencillo, en la honestidad de una mirada que no pretende nada. Fotografiando pretendo acompañar, no definir; escuchar, no invadir. Mis retratos nacen del deseo de honrar la historia que cada rostro contiene: sus heridas, sus silencios, sus memorias, lo visible y lo que permanece oculto.
Retratar, al final, es descubrir una verdad compartida. Es reconocer al otro con la misma gratitud con la que uno se reconoce a sí mismo.
