Este archivo no es una crónica de viaje, sino el rastro de un aprendizaje. En 2005, la India se presentó ante mi lente no como un escenario de color, sino como una estructura de silencios, luces y sombras. Al elegir el blanco y negro analógico, decidí despojar la realidad de lo accesorio para buscar la arquitectura de lo esencial.

Regresar a estos negativos dos décadas después es un ejercicio de arqueología personal. El grano de la película actúa como un velo que une el pasado con el presente, recordándome que la fotografía no captura el tiempo, sino la sensación de haber estado en él. En cada fotograma habita una verdad que el color a veces oculta: que la belleza no reside en la nitidez, sino en la profundidad de la mirada y en la honestidad del matiz.

Estas imágenes son mi cartografía de lo invisible. Un mapa de texturas y gestos donde la geometría de un templo o la sencillez de un rostro se convierten en símbolos eternos. Aquí, la imperfección de la plata es el único lenguaje capaz de narrar lo que el alma retiene.

Anterior
Anterior

Venezuela